“Es muy difícil encontrar la felicidad dentro de uno mismo,
pero imposible hallarla en ninguna otra parte”,
Nicolás Chamfort
“El verdadero amor (yo añadiría y la verdadera amistad) no se conocen por lo que exigen, sino por lo que ofrecen”
Jacinto Benavente
Estas dos frases podrían servir para para expresar lo que quiero decir en estas líneas. Cuando establecemos una relación de pareja o de amistad esperamos que nos dure toda una vida, pero pasado un tiempo uno puede sentirse maltratado, utilizado, ignorado o menospreciado y aun así continuar pegado a quien nos infringe ese dolor, querríamos atrevernos a decirle adiós y no podemos, es una palabra que nos aterroriza, la utilizamos a diario, y en la mayoría de ocasiones surge como una mera fórmula de cortesía, una coletilla al final de toda conversación. Pero hay momentos en nuestra vida en los que esta palabra se resiste a dejar nuestros labios y resulta casi imposible de pronunciar. No en vano, está vinculada a la pérdida, la tristeza y el dolor. Es la expresión de una decisión tan difícil como delicada, que nos aleja de todo lo conocido y nos obliga a transformar nuestra vida. Cinco letras que contienen tanta emoción como poder, y cuyo significado implica casi con toda seguridad despedirnos de alguien sin esperanza de recuperarle.
¿Cómo saber si llego el momento de decir adiós? Podemos encontrar algunos indicadores que nos pueden ayudar a valorar si es el momento de decir adiós. Uno de los más importantes es la falta de comunicación. Cuando no se crean espacios para compartir, más allá de los asuntos meramente logísticos, compromisos sociales o laborales es inevitable que se imponga la distancia. Otro indicador es nuestra manera de enfocar los inevitables encuentros en casa o en el trabajo. ¿Nos apetece llegar y disfrutar de la compañía de nuestra pareja o compañero de trabajo? ¿O tal vez tratamos de alargar lo máximo posible nuestras tareas para evitar regresar a casa o coincidir o compartir un espacio en el trabajo con él? El contacto físico en la pareja y el visual entre amigos también resulta un buen medidor de la salud de una relación. Los besos, los abrazos, las caricias, la ternura y la intimidad contribuyen a construir una complicidad sólida, que trasciende los pequeños desencuentros del día a día, así como el simple y reconfortante apoyo depositado en una mirada del amigo que te comprende y apoya en un mal trago de ese mismo día a día.
Por otra parte, deberíamos preguntarnos sobre todo en la relación de pareja, ¿si compartimos valores y aspiraciones comunes? O si en nuestra relación de amistad seguimos compartiendo algo. Si la respuesta es no, posiblemente llego el momento de la despedida.
Cada persona tiene su particular manera de enfrentarse a un adiós. Hay quien opta por evitarlo, desapareciendo sin más. Otros prefieren la palabra escrita para expresar lo que sienten. Algunas despedidas se convierten en un mar de lágrimas, y otras resultan frías, cargadas de tensión. La respuesta a un adiós también es particular. Incomprensión, incredulidad, negación, enfado…también hay quienes lo aceptan como algo necesario, y quienes comparten la decisión. En cualquier caso seguro que duele porque el afecto no está reñido con el adiós.
Para no tener que decir adiós y si aspiramos a que nuestra relación sobreviva sea esta del tipo que sea al paso del tiempo, tenemos que hacernos responsables de nuestra propia felicidad, poniéndola al servicio de esa relación. Aun así a veces es necesario decirlo para poder seguir aprendiendo a amar o valorar a un amigo con mayúsculas.


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