¿Quién no conoce a un egoísta?, incluso nosotros a lo mejor somos tachados de egoístas sin ser conscientes de serlo. El egoísmo es notoriamente nefasto, intolerable en el ser humano. La personalidad del egoísta, tiende a hacerse fría y deja de hacerse portadora de afectos. La persona egoísta, no espera, exige. No otorga, piensa sólo en sí misma.
Busca, ante todo, que se le rinda pleitesía, aún por encima de los valores y consideraciones, que merece la otra persona. El egoísta se convierte en un tirano y exige de los demás consideración, respeto y honores. Concedérselos sería normal, pero en el caso de una persona egoísta, le hace creer que, todo lo merece en grado sumo y que quienes la rodean o tratan, familiares o amigos, están obligados a concedérselos. No piensan: “voy a dar lo mejor de mí misma, con amor, agrado y simpatía. Por el contrario, piensan que son ellos quienes son merecedores de encomio y alabanzas. Un ser desprovisto de egoísmo, logra mucho con suavidad y cariño y no con tanta arrogancia y altivez. Por lo tanto, en ningún momento, se convierte en un dictador como el egoísta.
En un conocido diccionario, Egoísmo se define como; " Inmoderado y excesivo amor que uno tiene por sí mismo y que le hace entender desmedidamente a su propio interés", una persona egoísta pues sufre de egocentrismo. El egocéntrico, inevitablemente, desconoce a todo interlocutor y destruye toda posibilidad de relación " Sólo yo existo".
El inmoderado y excesivo amor por si mismo hace referencia de la egolatría, lo que se conoce como mecanismo o culto al ego. El Ególatra desconoce la empatía. No posee la capacidad de amar porque el amor propio le demanda todo su potencial afectivo, el solo puede “querer” un término que tiene una mayor connotación de posesión sobre algo.
En todos nosotros encontramos el EGO que es lo que pensamos que somos y el YO que es lo que, en realidad, somos.
El ego es el niño consentido: egoísta, petulante, alborotador y mimado, el origen de nuestros errores en la vida. El yo es nuestra personalidad, imagen de nuestro aprendizaje en la vida.
La vida de nuestros dos nosotros mismos no pueden ser vividas simultáneamente. Si pretendemos e intentamos hacerlo, sufriremos remordimientos, ansiedades y descontento interno. Si la verdadera libertad se ha de hallar dentro de nosotros mismos, el ego debe ceder al nacimiento de nuestra propia personalidad. Pero es un compañero tan familiarizado, para algunas personas, que no puede ser fácilmente dejado de lado, y no hay provecho ninguno en decirles que el superficial ego no tiene lugar legítimo en su interior. Lo mismo que la capa de arcilla de las fundiciones, el falso ego debe ser arrancado, separado y arrojado, y es éste un proceso que implica desasimiento, dolor, y que causa cierta indignación.
Cuando el ego domina nuestra vida, vituperamos pequeñas faltas en los demás y excusamos grandes errores en nosotros mismos; vemos la paja en el ojo ajeno e ignoramos la viga en el nuestro. Somos injustos con los demás y negamos que haya falta en nuestra actitud; otros hacen lo mismo con nosotros y entonces decimos que debieran conocer mejor las cosas.
Odiamos a otros seres y a ese odio lo calificamos de “celo”; halagamos a otras personas teniendo en cuenta lo que pueden hacer en nuestro favor, y a esto lo llamamos “amor”; les mentimos, y esas mentiras las justificamos denominándolas “tacto”; somos remisos para defender en público los derechos de los demás, y a eso lo calificamos como “prudencia”; somos severos críticos de los demás y decimos que “enfrentamos valientemente los hechos”; nos recreamos en conductas que tildamos de incorrectas, y a cualquiera que así procede lo tildamos de “inmoral”; juntamos más riquezas de las que son necesarias para nuestra situación en la vida y decimos procurar la “seguridad”; nos causa disgusto la riquezas de los demás y nos vanagloriamos de ser “defensores de los desprotegidos”; negamos inviolables principios de justicia pero nos aseguramos con toda firmeza en el aire y decimos ser “liberales”. Empezamos nuestras frases con el pronombre “Yo”, y condenamos a otras personas como inaguantables, porque desean hablar acerca de sí mismas, siendo así que nosotros deseamos hablar acerca de nosotros; arruinamos la vida familiar por medio del continuo enfrentamiento porque decimos que nos es preciso “vivir nuestra vida”.
Las personas que actúan egoístamente se van quedando solas a lo largo del tiempo, carecen de amigos, nadie desea estar con ellos porque son incapaces de compartir y de ver más allá de sí mismos.
Laín Entralgo se refiere al momento coafectivo de la relación interpersonal, determinado por dos aspectos afectivos fundamentales, sin los cuales no puede existir ninguna relación:
(a) la compasión (padecer íntimamente con el otro sus vivencias penosas)
(b) la congratulación (gozar íntimamente con el otro las vivencias gozosas)
Dos conceptos que el egoísta es incapaz de interiorizar, ya que aunque los manifieste, la magnitud de su ego termina por acallar la voz del amigo o familiar, a él no le interesan ni las penas ni las alegrías de los demás, le aburren, el necesita ser oído y contemplado, nada es más importante que él ni nada merece más atención que él.
Opinión documentada con textos de M.Angel Fuentes y Walter Riso

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