Querer, desear, añorar podrían ser algunas perlas que
configuran el collar que mi vida luce. Son palabras que podrían definir mi
búsqueda, una búsqueda que sin embargo me atormenta, me tortura y me hace temer
un futuro que no vislumbro tranquilo.
Quiero, deseo, añoro todo en un ser que sea capaz de
definir una forma de ser, de estar, de hablar, de sentir, porque querer es
fácil cuando se puede hablar sin decir palabra, cuando se puede comprender sin
dar explicaciones, cuando se tiembla sin frío, cuando se goza sin sexo, porque todo
ello define al amor.
Pero el amor también sabe ser cruel pues se hace
deseo, deseo en descubrir el placer que el otro encierra, ese al que veo real en
sueños y al que temo hacer real para compartir con él mi tiempo, ese tiempo que
transcurre lento sin él y demasiado rápido junto a él, ese al que echo en falta
cuando no lo tengo para gozar junto a él de pequeños espacios de tiempo que me
llenen la noche.
Pero los temores también llenan mi vida cuando no lo
siento, el odio surge del fondo del yo más complaciente presionando las
puertas de la no razón. Al final gana la partida la razón, esa asquerosa razón
que tienen todos los que te miran absortos, y te colgaron el jodido collar de
perlas de nácar.

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